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UNO DE LOS CONDIMENTOS más
apreciados de la cocina mundial, y a la vez más
misteriosos, envueltos en la mística de los escondido,
es la trufa negra. Es un hongo muy aromático
que crece enterrado en las raíces de los árboles.
Su búsqueda al amanecer, sea con cerdo o con
perro, recuerda las recolecciones de hierbas en los
bosques de druidas y viejos herboristas.
La mañana era espléndida:
lucía el sol y la temperatura era tímidamente
fría; al fondo, las cumbres del Pirineo, nevadas:
una magnífica mañana, en la que dos perros
de raza para mí indefinible, Turmo y Chelín,
asistían un tanto nerviosos a la llegada de los
expedicionarios, contenidos por su dueño, José
Vicente Azlor.
IMPORTACIONES
No tan buenas
Últimamente están llegando al mercado
otras especies, procedentes de China o del norte de
África. Además se ha puesto de moda la
trufa blanca o tartufo piamontés , pero ninguna
alcanza la calidad de la autóctona.
El objetivo, en la zona limítrofe
entre el Somontano y la Ribagorza, era cazar trufas,
ese misterioso y maravilloso hongo subterráneo
cantado por los gastrónomos a lo largo de la
Historia. El terreno, de encinas, a algo más
de 700 metros de altura. Y la expectación, total.
Puestos a trabajar, Turmo y Chelín,
más éste, aunque sólo sea por veteranía,
que aquél, muy pronto pararon la pieza. José
Vicente escarbó y muy pronto apareció
la primera presa: una trufa negra -Tuber melanosporum-
de unos 50 gramos. Al corte, bellamente veteada de blanco.
Al olfato... bueno, la tengo cerca cuando escribo estas
líneas y todo el estudio se impregna del aroma
incomparable de esta hongo.
Una vez capturadas cuatro o cinco
piezas y después de disfrutar del trabajo de
esos dos canes -su propietario nos comentaba que no
vendería a Chelín ni aunque le ofrecieran
3.000 euros-, nuestros anfitriones, gentes del vino
o, mejor dicho, del buen vino, de ese chateau del Somontano
que es Blecua, nos enseñaron algunas nuevas plantaciones,
en altura, de variedades como Garnacha, Shiraz y Pinot
Noir y otras, de Garnacha, viejas. La mañana
lo pedía, de modo que allí mismo catamos
un excelente tinto del 2001.
La fiesta terminó en auténtica
apoteosis: un almuerzo en la propia bodega, oficiado
en torno a la trufa por el joven y gran cocinero Andoni
Luis Adúriz, distinguido este año por
la Academia Española de Gastronomía como
mejor jefe de cocina español. En el menú,
sublime de prinipio a fin, destacó el huevo escalfado
a baja temperatura, por supuesto con trufa, y un espléndido
costillar de cordero de pré salé al que
también daba escolta la trufa, como a unas magníficas
vieiras gallegas, un suntuoso escalope de foie-gras...
Todo, por supuesto, muy bien regado. Lástima
que el retraso de más de hora y media acumulado
por el Talgo en el regreso a Madrid enturbiase un poco
la digestión de tanta belleza...
Un magnífico día
de vino y trufas en el Somontano. Vino y trufas: he
aquí una pareja perfecta. Hay, eso sí,
que saber qué trufas se toman, porque variedades
hay unas cuantas, mejores y menos buenas. Para mí,
la reina indiscutible es la trufa negra de invierno,
la 'Tuber melanosporum', a la que los franceses, siempre
franceses, llaman trufa del Périgord... aunque
las mejores se produzcan al sur de los Pirineos, y muy
concretamente en tierras aragonesas: los mercados truferos
de Mora de Rubielos (Teruel) y Graus (Huesca) son los
más importantes, siempre envueltos en ese halo
de misterio que rodea a la trufa.
En estos tiempos se ha puesto
de moda la trufa blanca, el tartufo bianco' piamontés
o Tuber magnatum. No diré yo que es mala; sólo
que prefiero la de aquí, la negra. Los tartufi,
aunque en sus folletos divulgativos se indique que su
aroma es una mezcla de ajo, chalote y queso, me huelen
irremediablemente a butano; sin duda el butano más
rico que he olido en mi vida, pero butano al fin y al
cabo. Pienso que está de moda, entre otras cosas,
porque es carísima: puede alcanzar los 4.000
euros, o más, por kilo, y estoy de acuerdo con
Santi Santamaría en que no hay nada de comer
que pueda justificar esos precios.
Más grave parece la invasión
de trufas procedentes de China, las Tuber indicum o
Tuber himalayensis. Son muchísimo más
baratas, claro; pero, aunque de aroma no están
mal, su textura es lamentable: es lo más parecido
a comerse un corcho que existe. Hay también trufas
en el norte de Africa, pero tampoco admiten la comparación
con la Tuber melanosporum. Ya que hablamos de precios,
ésta se cotizaba estos días, en origen,
algo por encima de los 300 euros el kilo.
Estamos en plena temporada de
trufas, de modo que, si deciden vencer la tentación
trufera por el expeditivo sistema de no resistirse a
ella, háganse con ejemplares frescos. Y aprovéchenlos:
la noche antes de darse el homenaje, pongan su trufa,
cepillada, en un tarro de cristal con cierre hermético,
de rosca, junto con unos cuantos huevos frescos, enteros
y crudos, y déjenla ahí hasta el día
siguiente. La gran porosidad de la cáscara del
huevo hará que su interior se impregne del aroma
de la trufa, y con una simple tortilla hecha con esos
huevos disfrutarán de la mejor de virtud de la
trufa: su aroma.
Luego... bueno, a mí me
gusta mucho calentar en el horno, sin secarlas, unas
rebanadas de pan de pueblo; regarlas con un hilo de
aceite virgen, cubrirlas con prodigalidad de láminas
de trufa cortadas con la mandolina, dejar que éstas
tomen algo de temperatura, esparcir sobre ellas unos
pétalos de sal Maldon... y, con un tinto importante
al lado, un Blecua del 98, por ejemplo, olvidarme de
lo malo del mundos.
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